En ningún momento, Inglaterra objetó el establecimiento argentino en las Islas Malvinas, a pesar de actos jurídicos de extrema importancia llevados a cabo entre los dos países, tales como la firma del Tratado de Amistad, Comercio y Navegación de febrero 1825.

Este instrumento no contiene reserva alguna por parte del gobierno británico sobre las Islas Malvinas, a pesar de las acciones llevadas a cabo públicamente y autorizadas por Buenos Aires en 1820, para dar un solo ejemplo que ilustre la situación.

Al tratar de forzar cualquier argumento falaz y malicioso con miras a lograr justificar y confundir acciones nunca llevadas a cabo por Argentina- como por ejemplo, “abandonar” el reclamo de soberanía-, se distorsiona el alcance de la Convención de 1850 entre Argentina y Gran Bretaña, la cual fue firmada por ambas naciones de buena fe.

Este acuerdo estaba destinado a poner fin al bloqueo naval impuesto por el Reino Unido y Francia en el Río de la Plata. Todas- absolutamente todas- sus disposiciones se refieren a la necesidad de resolver la situación en el Río de la Plata y reanudar el comercio y la estabilidad política. No tiene relación alguna con las Islas Malvinas.

Tanto es así que en 1849, después de la firma del Convenio, Rosas se refirió al reclamo de soberanía sobre las islas en su mensaje a la Legislatura.

La cuestión quedó pendiente y esto fue reconocido expresamente por el Secretario de Relaciones Exteriores británico en 1849.

Argentina, por su parte, siguió planteando la cuestión en los diferentes niveles de gobierno y se convirtió en un tema de debate en el Congreso de la Nación. En 1884, en vista de la falta de respuesta ante las repetidas protestas, Argentina propuso llevar el tema a arbitraje internacional. La propuesta fue rechazada por el Reino Unido, sin brindar ningún tipo de razones de su negativa.

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