El acto de fuerza de 1833 fue parte de la política imperialista de las potencias europeas en América, África y Asia durante el siglo XIX. La invasión de las Malvinas, así como los dos intentos británicos de invadir Buenos Aires en 1806 y 1807 deben entenderse en este contexto, es decir, la búsqueda británica de un punto estratégico en el Atlántico Sur.

Argentina fue expulsada de las islas en 1833 cuando Gran Bretaña invadió las islas Malvinas. Las autoridades argentinas allí asentadas fueron obligadas a salir de las islas por la flota británica. Cabe recordar la “oportunidad” en el que esta invasión fue minuciosamente planeada: la mayoría de los pobladores de Puerto Soledad habían tenido que partir a Montevideo después del ataque estadounidense de 1832.

Después de la invasión, el gobierno británico diseñó la composición de la población de las islas mediante la importación de pobladores de origen británico como parte de un plan de colonización que persiste hasta nuestros días.

Tal como reconoció el Secretario de Asuntos Exteriores británico en su carta del 5 de marzo 1842:

“[…] y Su Majestad en ejercicio de los Derechos Soberanos, ordenó establecer en las Islas un sistema permanente de Colonización Británica …”

Como resultado de este plan de colonización y el control estricto de la inmigración, no se le permite a los argentinos continentales residir ni ser propietarios de tierras en las islas preservando así la “britaneidad” fabricada del lugar.

Contrariamente a lo que el Reino Unido describe como la inmigración “libre ” y no limitada a ciudadanos británicos, el plan para colonizar las islas con los colonos de origen británico fue diseñado expresamente por los Comisionados de las Tierras de la Corona y Emigración ya en 1840. A los no-británicos sólo se les permitió permanecer y trabajar en la agricultura, pero no como “colonos”. La condición de colono fue reservada exclusivamente a los ciudadanos británicos, quienes tenían derecho a residir y a ser propietarios de tierras.

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